Enamorada de ti – 6ª entrega

Marta deseaba morirse. No podía entenderlo. Pese a sus veinticinco años, sólo se había acostado con dos hombres. Y a cuál peor. El último resulta que era un mentiroso, casado y con dos hijos nada menos… se imaginó las caritas de esos niños y por asociación no pudo evitar pensar en cómo sería la cara de su propio hijo. Las lágrimas le llenaron los ojos y se negó a retenerlas, llevaba haciéndolo seis largos años.

Tres copas de vino y dos horas más tarde, Marta no podía seguir rodeada de gente, le dolía demasiado el corazón, por lo que tras disculparse con sus amigas se dirigió a su casa dispuesta a meterse en la cama y no salir nunca más, lo que ella no sabía era que las malas noticias aún no habían terminado.

Sara y Lucía sufrían por su amiga, pero decidieron darle el espacio necesario, ellas siempre estarían a su lado para apoyarla, eran un trío y siempre lo serían.

Caminaba por la acera mirando al suelo, con las lágrimas encharcándole los ojos y sin poder dejar de pensar en el peor día de su vida. El corazón le dolía tanto como aquella vez, de hecho, parecía que el tiempo había retrocedido y acababa de salir del hospital. El dolor le nubló la vista y chocó contra el duro torso de un hombre, el aroma que aspiró sin querer le recordaba a Isaac.

– ¡Marta! Tienes que mirar por dónde vas — no se lo podía creer, lo último que necesitaba era encontrarse con él

– Lo siento Isaac — dijo sollozando y le esquivó para seguir su camino, ni siquiera podía mirarle

– ¡Oye! — una mano firme la sujetaba por el brazo y otra le levantó el rostro. Isaac sintió como el corazón le reventaba en el pecho, su dulce Marta estaba llorando y parecía desolada — ¿qué te pasa preciosa? — le dijo con una sonrisa

– ¿Preciosa? — una voz femenina muy estridente hizo que Marta se sobresaltara — ¡Isaac! ¡que estoy delante!

– Marta… ¿qué ocurre? — Isaac ignoraba totalmente a la Barbie que paseaba colgada de su brazo como un loro — háblame — le faltaba poco para suplicar

– Sois todos iguales — la rabia empezó a consumirla y mirándole a los ojos, se enfrentó a él — no valéis la pena, ¡ninguno! Sólo buscáis una cosa, acostaros una vez con alguien y después ¡Adiós muy buenas!

– ¡Oye! ¡Conmigo se ha acostado más de una vez! — protestó la exageradamente oxigenada rubia haciendo un mohín, tanto Isaac como Marta quisieron darle una bofetada

Marta no lo soportó más. Echó a correr y antes de que nadie pudiese alcanzarle entró en el portal de su casa. Toda su vida se había desmoronado sin que ella pudiese impedirlo y ya no podía soportarlo más. Sacó una maleta de su armario y empezó a llenarla con ropa, no sabía lo que estaba metiendo en ella, pero le daba igual, sólo quería huir tan rápido como pudiese.

Se conectó a la aerolínea desde el ordenador del salón que compartía con Lucía y compró un billete para Milán. No había hablado con sus padres desde que la visitaron por última vez, pero estaba segura de que la recibirían con los brazos abiertos.

Disponía de una hora antes de que tuviese que salir hacia el aeropuerto, por lo que dedicó el tiempo a escribir una carta y despedirse de sus amigas.

“Chicas, sois lo mejor de mi vida, las hermanas con las que siempre soñé y jamás podré explicaros cómo me hace sentir tener que abandonaros así. Os voy a contar una historia y después de conocerla, estoy segura de que podréis comprenderme un poco mejor.

Había una vez una chica recién llegada de Italia, que lo único que quería en la vida era estudiar veterinaria en la ciudad que la vio nacer, era una chica joven, ingenua y confiada. A los pocos días de llegar a Madrid conoció a dos mujeres que la acogieron y la hicieron sentirse especial, tanto, que incluso compartió vivienda con ellas y las quiso de todo corazón.

Pero una de las chicas tenía un hermano mayor que era el sueño de cualquier adolescente. No os aburriré con los detalles, el caso es que una noche, él salió de fiesta y sin saber muy bien cómo, terminó en el piso de su hermana, el que compartía con sus amigas, sólo que ellas no estaban allí, sólo estaba la chica de origen italiano que además estaba loca por el hermano de su amiga.

Una cosa llevó a la otra y terminaron acostándose. Nada que no haya ocurrido un millón de veces. Salvo que era la primera vez para ella y que no pudo evitar creer todas y cada una de las palabras de amor que el chico le decía mientras estaba dentro de ella. El caso es que unas semanas después, ella se enteró de que estaba embarazada, pero guardó silencio, necesitaba tiempo para pensar. Salvo que tardó demasiado en hacerlo.

Cuando se quiso dar cuenta estaba ingresada en el hospital firmando una autorización para que le hiciesen un legrado. El embarazo se interrumpió de forma repentina, no había culpables, simplemente ocurrió. La chica estaba muerta de miedo y en un acto de locura, llamó al chico para pedirle que la acompañase, pero él estaba en una fiesta universitaria demasiado ocupado con una chica que gritaba su nombre entre risas, no se atrevió a contarle nada y pasó una semana ingresada en el hospital. Lo peor fue que había mentido a sus amigas diciéndoles que había tenido que volar a Milán por una emergencia familiar.

Bien, como ya habréis deducido, la chica de la que os hablo soy yo. Os mentí. Os dije mil veces que me había enamorado de Isaac al verle salir de la ducha, pero no es cierto, me enamoré de él cuando me besó, cuando compartimos aquella noche mágica y de la que resultó un milagro que finalmente no llegó a término y ahora mismo lo único que tengo claro, es que sigo enamorada de él y siempre lo estaré.

No alcanzo a expresar con palabras cómo me siento ahora mismo y tampoco sé por qué en este preciso instante necesito deciros la verdad, supongo que será porque me voy a ir de España y para siempre.

Lucía, sigue adelante con la compra de la casa, usa mi parte de los beneficios en la empresa para ayudarte con la hipoteca. En unos días me pondré en contacto con vosotras.

Os quiero con todo mi corazón, ha sido un placer coincidir en esta vida.”

Enamorada de ti – 5ª parte

La cena fue tan divertida como siempre o incluso un poco más, porque los camareros las hacían cumplidos y ligaban con ellas, algo que en el restaurante de Isaac era impensable. Bebieron champán para celebrar las buenas noticias y tras un par de cócteles decidieron irse a casa. Pero esa noche también era una novedad, el prometido de Sara no estaba en la ciudad y las chicas decidieron hacer una fiesta de pijamas en su casa.

Isaac vio amanecer frente al portal de la casa de Marta, no se lo podía creer… dos viernes seguidos que ella llegaba acompañada o directamente no llegaba. ¿Dónde estaría esa inconsciente? Si tenía que ir a recogerla a algún hospital se iba a cabrear mucho con ella, incluso es posible que la atase a su cama y no la dejase marchar. Cuando las imágenes que se le reproducían en la cabeza casi le hacen llorar, decidió que no podía soportarlo más. Esa mujer iba a acabar con él.

Sara estaba encantada por tener a sus amigas a su lado, le recordaba tanto a los años que compartieron piso que tal y como hacía entonces, les preparó unas tortitas americanas, unos cafés bien cargados y fruta pelada y cortada. Le encantaba cuidar de sus amigas.

– ¡Es como volver a la universidad! — exclamó Lucía entrando en la cocina y besando en la mejilla a su amiga

– No por Dios… — se lamentó Marta en un susurro

Tenían unos planes geniales para el día, lo primero era acudir a la cita con un agente de seguros para renovar el seguro del piso que iban a comprar y después pasarían toda la tarde de compras.

Se ducharon después de desayunar entre risas y se arreglaron para ir a comerse la ciudad. Llegaron a la oficina de la correduría riendo y haciendo bromas. Una agradable mujer les indicó que tomasen asiento en la sala de espera hasta que un agente estuviese libre para atenderlas.

Lucía y Marta estaban encantadas con la idea de tener su propia casa, ¿qué más le podían pedir a la vida? Eran jóvenes, estaban sanas, el trabajo les iba bien e iban a ser propietarias de su propio hogar.

Pero la sonrisa se les congeló en el rostro cuando vieron al hombre que estaba ante ellas.

– Gaby… — una temblorosa Marta no podía creer lo que veía — me dijiste que eras director de banco

– Puedo explicártelo — intentó acercarse un poco, pero ella se alejó

– Ya… y también puedes explicar que no me hayas llamado después de acostarte conmigo ¿verdad?

– Marta… baja la voz

– ¡No me da la gana! ¡Eres como todos! Tan sólo te interesa echar un polvo y después desaparecer

Marta estaba demasiado alterada, sus amigas no entendían por qué se había puesto así, es cierto que a nadie le gusta que la utilicen, pero conocían a su amiga y sabían que había mucho más que ellas desconocían.

– Disculpe señorita — una mujer de unos cuarenta años, morena y muy elegante se acercó hasta ellos — ¿hay algún problema?

– ¡Claro que lo hay! ¿acaso sabe usted qué clase de hombre tiene aquí trabajando? — Marta no podía dejar de gritar — este sinvergüenza me persiguió durante semanas hasta que acepté salir con él, me mintió y consiguió que me fuese a la cama con él y después si te he visto no me acuerdo

– Clara… te juro que no… — Gaby se disculpaba con la elegante mujer, estaba blanco como la leche hervida, pero ella no le dejó terminar la frase

– Ni una palabra más Gabriel o te saco los ojos — le dijo ella con frialdad — señorita, este hombre es mi marido y padre de dos hijos, no sé lo que la prometió pero no lo va a cumplir — Marta enrojeció de ira y vergüenza — lamento que se aprovechara de usted — se giró y encaró a su marido — en cuanto a ti… recoge tus miserias, tienes dos horas para abandonar mi casa y olvídate de los niños

Durante unos segundos las cuatro mujeres observaban como Gaby las miraba lleno de odio, pero no se atrevió a llevarle la contraria a su mujer, sabía que ella le haría la vida imposible. Miró a Marta por última vez y sonrió, al menos se había tirado a esa belleza.

Las tres amigas salieron de la correduría sin saber qué decir o qué hacer. Jamás se habían visto en una situación parecida. Caminaron sin rumbo durante algunas manzanas hasta que llegaron a una cafetería y sin necesidad de hablar en voz alta, entraron y pidieron unas copas de vino blanco. Necesitaban un poco de alcohol para manejar la situación. Una hora después, ninguna se atrevía a decir nada. Sara y Lucía no se atrevían a abrir la boca para no meter la pata, conocían a su amiga y si después de unas palabras incómodas en un cuarto de baño la habían tenido agobiada durante seis años, después de lo ocurrido con el mentiroso adúltero, estaban convencidas de que no lo superaría jamás.

Enamorada de ti – 4ª parte

Cuando por fin parecía que ella entraba sola y él volvía a ponerse al volante del coche, algo pasó. Marta le cogió de la mano y le besó. A Isaac se le partió el corazón, no sabía el motivo, pero los celos le estaban consumiendo. Así le había besado a él hacía ya seis años… ella con las manos en su cuello, de puntillas pese a los tacones, siendo sujetada por las caderas con posesión y cerrando los ojos mientras introducía su lengua en la boca de ese malnacido.

Eso era más de lo que estaba dispuesto a soportar. Le pegó un puñetazo a la pared que le ocultaba y salió corriendo. De repente ya no se sentía cansado, tan sólo dolorido, un dolor profundo que le atravesaba hasta el alma. Y a Marta le daba igual que él sufriese.

Marta quiso que ese beso significase algo más, lo deseó con todas sus fuerzas, incluso se imaginaba que era Isaac al que besaba… pero no lo era. Gaby era un hombre de lo más interesante, inteligente, culto, sincero y atractivo, sólo tenía una pega. No era Isaac.

No supo si fue el alcohol o las ganas que tenía de pasar página, pero cuando se dio cuenta, Gaby la estaba desnudando y ella hacía lo mismo con él, cerró los ojos un instante mientras éste le lamía los pezones con avidez, apenas podía sentir nada, pero le dio igual… hacía seis años que no se acostaba con nadie, salvo con su vibrador y anhelaba de verdad olvidarse del hombre que la había destrozado.

Lucía no daba crédito cuando entró en la cocina. Marta estaba desayunando tan tranquilamente con un hombre al que ella no conocía, pero al observarla supo de inmediato que ésta se arrepentía de lo que había hecho anoche. Negó ligeramente con la cabeza y se acercó a la pareja.

Tras las presentaciones, Gaby se disculpó diciendo que tenía que pasar por la oficina para firmar unos papeles, pese a ser sábado y ser el director, prefería dejarlo todo bien atado antes de que sus empleados llegasen el lunes a primera hora.

– ¿Me puedes explicar qué demonios estás haciendo? — le espetó a su amiga en cuanto ésta cerró la puerta

– Ahora no Lu, me duele la cabeza…

– ¡Pues te aguantes! Marta… cariño, ¿qué pasa? Todo esto no es normal en ti, desde que te conozco jamás has pasado la noche con un tío al que acabas de conocer — la miró a los ojos y el corazón se la rompió al ver el dolor en el rostro de su amiga — cuéntamelo… por favor… me mata ver cómo sufres

– ¡Lu! — Marta no pudo más, se echó en los brazos de su amiga y la abrazó con fuerza — cerré los ojos e imaginé que era Isaac el que… ¡oh Dios! Soy lo peor

Lucía la dejó llorar hasta que se quedó sin lágrimas. Su amiga tenía un gran problema y no tenía ni idea de cómo podía ayudarla. Si acudía a Sara para que hablase con su hermano, Marta le retiraría la palabra de por vida.

Al cabo de una semana, las chicas recibieron una gran noticia. El dueño del piso donde Marta y Lucía vivían de alquiler, les notificó que iba a ponerlo a la venta, pero que prefería hablar primero con ellas, no dudaron ni un segundo en decir que sí. Adoraban vivir allí, les quedaba cerca de todo lo que les era familiar e incluso lo habían decorado a su gusto.

Volvía a ser viernes por la noche y las chicas como siempre irían a cenar al restaurante de Isaac, pero Marta aunque no tenía una cita, se negó a ir. Estaba desencantada totalmente, no podía quitarse de la cabeza que mientras se acostaba con Gaby no dejó de imaginar que era el hermano de su mejor amiga ni un segundo, pero a la vez la molestaba sobremanera que su amante real no la hubiese llamado.

Tanto Sara como Lucía se negaron a que su mejor amiga pasara el viernes por la noche sola en casa mientras ellas lo pasaban en grande, entendían que ella no quería ver a Isaac, pero afortunadamente para ellas, Madrid era muy grande y había por lo menos mil restaurantes más donde podrían ir a cenar, lo que realmente importaba era estar juntas y pasarlo bien.

Isaac esperó todo lo paciente que pudo durante más de dos horas, su hermana y sus amigas se retrasaban. Hacía horas que deberían estar en su mesa de siempre riendo a carcajadas mientras él cocinaba para ellas y las escuchaba a lo lejos.

– ¿Dónde cojones estáis? — le preguntó de malas formas en cuanto Sara descolgó el móvil

– Hola hermanito, yo también te quiero

– ¡Déjate de historias! — bramó al otro lado de la línea

– Hoy no vamos a ir, de hecho… creo que estarás feliz con esta noticia, hemos decidido que iremos a cenar a otro restaurante, así que mira… tres cenas que te ahorras todos los viernes

– ¡¿Cómo dices?! — gritó tanto que Sara tuvo que separar el teléfono de su oreja

– Haz el favor de no gritarme — cogió aire y se preparó — hace años que te dije que esto iba a pasar. La has perdido Isaac, para siempre… te dejó claro que no quiere verte más y eso incluye no ir a tu restaurante y por supuesto no pienso dejar de ver a mis mejores amigas, así que nos hemos adaptado

Acto seguido colgó el teléfono y lo apagó, tanto Lucía como Marta hicieron lo mismo. Cada vez que Isaac discutía con su hermana, ella le colgaba el teléfono y acto seguido él la llamaba al teléfono de sus amigas. Pero esta noche tenían muchas cosas que celebrar. Habían decidido abrir otra sucursal de su clínica veterinaria, Lucía y Marta iban a comprar el piso en el que vivían y ya faltaban sólo unas pocas semanas para la boda de Sara. No era el momento para dramas.

Enamorada de ti – 3ª parte

La semana pasó sin inconveniente ninguno, Marta parecía repuesta de su crisis de ansiedad por el mal de amores y las chicas tenían un muy buen ambiente de trabajo en la clínica. Hasta que llegó la noche del viernes.

– ¡Marta! ¡Estás espectacular! — gritó Sara al ver salir a su amiga de su habitación

– ¡Tía buena! — gritó Lucía haciéndola reír — yo sé de uno que esta noche va a tener que darse una ducha fría

Marta llevaba un sexy vestido de color dorado que realzaba el tono de su piel, se había hecho un recogido informal y unos mechones de pelo suelto alrededor de la cara le daban un aspecto más sensual aún si cabía, también llevaba sus sandalias de tacón alto. Iba a responder a su amiga cuando sonó el telefonillo provocando que ella se ruborizase y sus amigas se sorprendiesen, no esperaban a nadie.

– Chicas, lo siento, pero esta noche no os acompañaré, tengo una cita — dijo mientras se encaminaba hacia la cocina para responder al timbre — bajo en un segundo Gaby — dijo ante la sorprendida mirada de sus amigas — tenéis razón, no puedo seguir pensando en Isaac, es hora de seguir adelante — suspiró y enfrentó sus miradas — sin él. La otra noche le dejé muy claro que nuestra amistad se había terminado para siempre, me duele demasiado verle, por lo que… — el timbre volvió a sonar — lo siento, tengo que irme. Os quiero, portaros bien y divertíos

Pasó entre sus amigas y cogió su gabardina negra del perchero y su bolso de mano y salió disparada del piso. Tanto Sara como Lucía necesitaron unos segundos para reaccionar. Marta las había dejado mudas de la impresión. Se miraron la una a la otra sin poder dar crédito a lo que había ocurrido. Su amiga las dejaba plantadas por un hombre y ese tío no era Isaac. Jamás pensaron vivir este día.

Intentaron sobreponerse a la sorpresa inicial y tras unas bromas llegaron a la calle, donde ya las esperaba el taxi que las llevaría hasta el restaurante, las dos estaban deseando ver la cara que ponía Isaac al ver que Marta no iba con ellas y aunque no era muy ético, sobre todo por parte de Sara, las dos amigas se alegraron de que probase su propia medicina.

Efectivamente cuando llegaron al restaurante la pregunta más escuchada fue: “¿dónde está Marta?” Y su respuesta siempre era la misma: “tiene una cita”. Las caras de los camareros eran un poema, pues todos estaban al tanto de que entre su jefe y Marta ocurría algo más que una simple amistad.

Para sorpresa de Marta, estaba disfrutando de la velada. Cuando aceptó salir a cenar con Gaby no las tenía todas consigo, había aceptado sólo para demostrarse a sí misma que era capaz de hacerlo, que podría cenar con otro hombre sin tener la sensación de estar engañando a Isaac. En el fondo no lo creía posible, pero iba a intentarlo. Curiosamente, Gaby resultó ser un hombre encantador y le hizo muy llevadera la velada.

Disfrutaron de una deliciosa cena, tomaron algunas copas de vino y cuando él pidió la cuenta, Marta se sorprendió a sí misma no queriendo dar por finalizada la cita. Por primera vez en muchos años, sentía que el hombre que la miraba, la veía realmente y no quería que esa sensación la abandonase tan pronto.

Marta llegó a casa en un desconocido estado de felicidad. La cita había sido perfecta, una cena increíble con una conversación de lo más interesante, después una más que agradable charla mientras disfrutaban de unos cócteles increíbles y para ponerle el broche final habían bailado hasta no poder más. Y para su sorpresa, la llevó hasta su casa y le dio un suave y dulce beso en los labios antes de prometerla que la llamaría al día siguiente.

Isaac no podía creer lo que estaba viendo. Marta, su Marta estaba bajando del coche de un desconocido con pinta de capullo enfundado en traje. ¿Dónde coño habían estado? ¡Eran casi las cuatro de la mañana! Jamás en su vida se imaginó que viviría esta noche. Él esperando en la oscuridad como si fuese un acechador a que una mujer que no le importaba lo más mínimo regresara a casa.

Estaba furioso, contaba mentalmente los segundos para que esos dos se dejaran de tonterías y él se largase por donde había venido. Tenía claro que iba a tener una conversación de lo más tensa con Marta… ¿en qué cabeza cabe que se tome esas confianzas con un desconocido?

Continuará…

Enamorada de ti – 2ª parte

– No… Isaac, no… por favor… yo no puedo seguir así — le dijo con los ojos llenos de lágrimas

– No te entiendo Marta, sé que te gusto, ¿por qué no podemos disfrutar de sexo sin compromiso? — preguntó excitado y enfadado a partes iguales — no sería la primera vez

– Te pedí por favor que no volvieras a recordarme aquella noche — dijo Marta sin poder ocultar su dolor — lo siento, creo que en algún momento tengo que trazar la línea y voy a hacerlo ahora — casi no soportaba mirarle a esos preciosos ojos verdes

Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, se soltó de las fuertes y grandes manos de Isaac y dio dos pasos hacia atrás para alejarse un poco de él, era un vano intento de que la suave brisa que corría disipara la energía que manaba de su cuerpo.

– ¿Se puede saber de qué coño estás hablando? — estaba enfadado, pero no sabía si por lo que ella parecía querer decirle o por el hecho de que se alejara de él

– Hablo de que Sara tiene razón, tú no eres un hombre para mí… — clavó sus ojos en los suyos y con la voz más firme que pudo encontrar en su interior continuó hablando — a partir de ahora nuestra amistad se terminó, no quiero volver a verte nunca

– Tienes que estar de broma — de pronto, toda la excitación que sentía se evaporó, no podía creer lo que estaba escuchando

– No bromeo Isaac, ya no puedo soportarlo durante más tiempo, no quiero volver a verte

Se miraron a los ojos durante un segundo y acto seguido Marta entró en el portal cerrando la puerta de golpe, lo que sacó a Isaac de su ensimismamiento, pero ya era tarde para seguirla y hacerla entrar en razón.

La observó a través del cristal subir las escaleras corriendo, sabía que estaba llorando y sabía que era por su culpa, apenas se había ido y ya la echaba de menos. Siempre había sido así, ella siempre había sido su talón de Aquiles y aquella noche de hace seis años no había podido controlarse. Desde entonces soñaba con repetirlo, pero Marta hacía todo lo posible por no quedarse a solas con él. Y ahora estaba volviendo a huir.

La posibilidad de perderla para siempre le atravesó el corazón como un cuchillo. Todo su cuerpo se estremeció e intentó convencerse a sí mismo de que tan sólo había sido un enfado por el nivel de alcohol en sangre que ella tenía. No podían dejar de ser amigos.

Marta se sentó en las escaleras mientras lloraba todo lo silenciosamente que podía. Sara y Lucía tenían razón, estaba desperdiciando su vida esperando al hombre de sus sueños, sólo que éste jamás vendría por ella. No era normal que siguiese esperando, llevaba haciéndolo seis años y el resultado siempre era el mismo. Isaac vivía la vida a tope y ella le observaba en la distancia sufriendo y llorando cada vez que le veía con otra mujer, lo que siento él como era, ocurría casi todos los fines de semana.

– ¿Qué te pasa? — le preguntó Lucía asustándola, no la había oído acercarse

– Nada… — susurró mientras se limpiaba las lágrimas

– Nada… ¿por eso estás llorando en las escaleras? — insistió de nuevo

– Déjalo estar Lu, estoy cansada y bastante borracha, me voy a dormir

Dicho lo cuál, se puso en pie y entró en el piso que compartía con su amiga, quien había dejado la puerta abierta para ir corriendo al cuarto de baño. Con paso acelerado, los ojos llenos de lágrimas, el corazón encogido por el dolor y sin apenas poder respirar, entró en su habitación, se dejó caer sobre la cama y comenzó a llorar con desesperación intentando amortiguar el sonido, tapándose la cara con la almohada.

Lucía estaba sentada en el suelo del pasillo, al lado de la puerta de la habitación de su amiga. Siempre era igual, desde hacía seis años, nada cambiaba, él hacía o decía algo y Marta se pasaba dos días llorando sin apenas salir de su habitación. Como hacía siempre, se quedó escuchando hasta que dejó de oir los sollozos, después se fue a su cama para intentar dormir algo, aunque intuía que no iba a conseguirlo.

El fin de semana pasó tal y como Lucía había predicho. Marta no salió de su habitación hasta el domingo al mediodía para ir a comer con sus padres que habían venido desde Milán, llevaba demasiado maquillaje para tapar las bolsas oscuras que tenía bajo los ojos, pero ni todo el maquillaje del mundo podría devolverle el brillo de su mirada que ya no tenía.

Sara estaba al corriente de todo y como siempre, estaba furiosa con su hermano. No podía comprender por qué se cerraba así con una chica como su mejor amiga, estaba convencida de que aquella noche en su piso, mientras estaban en la universidad, entre ellos había pasado algo, pero los dos lo negaban y ella se había cansado de intentar averiguarlo.